Con abundancia de oración y con la participación reflexiva de nuestra comunidad arquidiocesana, avanzamos ahora para asegurarnos de que no solo somos una familia de parroquias que se opone al odio y el racismo, sino una comunidad amorosa y acogedora que celebra el hecho de que todos somos hermanos y hermanas en Cristo, el Hijo de Dios encarnado.





