Archbishop Lori Homily: World Day for Migration and Refugees and Priestly Vocations

Saturday 26th Week, Year II
World Day for Migration and Refugees and Priestly Vocations
Saint Mary’s Seminary
Baltimore, Maryland
October 3 2026

 

Queridos hermanos y hermanas:

Hay familias en nuestra comunidad que se acuestan con miedo y se levantan con miedo. Piensan dos veces antes de llevar a los niños a la escuela, o incluso antes de venir a Misa. Y hay niños que preguntan en voz baja: “¿Papá vas a estar en casa cuando yo regrese?” Esa incertidumbre es real. La Iglesia no la ignora ni la esconde. Esta mañana la traemos aquí, al altar del Señor.

La primera lectura nos pone delante a Job. Job lo perdió todo: sus bienes, su salud, sus hijos. Durante mucho tiempo le hace preguntas a Dios, y Dios no le responde cada una. Pero al final Job dice algo precioso: “Yo te conocía sólo de oídas, pero ahora te han visto ya mis ojos.” Job no recibió todas las explicaciones. Recibió algo más grande: descubrió que Dios estaba con él en medio de la oscuridad. Dios no le evitó la tormenta, pero nunca lo abandonó en ella.

Y fíjense en un detalle hermoso. Cuando el Señor restaura la vida de Job, la lectura nos dice que Job dio a sus hijas una parte de la herencia, igual que a sus hermanos. En aquel tiempo, las hijas no solían heredar. Pero en la casa restaurada por Dios, nadie queda fuera. Los que parecían tener menos derechos reciben su lugar en la familia. Así es el Reino de Dios.

En el salmo pedimos: “Enséñame, Señor, tus mandamientos.” Y el salmista añade: “La explicación de tu palabra da luz y entendimiento a los humildes.” Cuando todo parece oscuro, la Palabra de Dios es luz. Y esa luz llega primero a los humildes, a los sencillos, a los que no tienen otra seguridad más que Dios.

En el Evangelio, los setenta y dos discípulos regresan felices porque hasta los demonios se les sometían. Jesús les dice algo que hoy quiero que escuchen con todo el corazón: “No se alegren de que los demonios se les sometan. Alégrense más bien de que sus nombres esten escritos en el cielo.”

Hermanos: ningún documento, ninguna lista, ninguna base de datos tiene la última palabra sobre quiénes son ustedes. Su nombre está escrito en el cielo. Dios los conoce por su nombre. Ustedes son hijos e hijas amados del Padre. Esa dignidad nadie se las puede quitar. Luego Jesús se llena de júbilo en el Espíritu Santo y exclama: “¡Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y a los entendidos, y las has revelado a la gente sencilla!” Los sencillos, los pequeños, los descartados, los que no cuentan para el mundo, son los primeros en el corazón de Dios.

Este año, el Papa León XIV nos invita a mirar precisamente a los más pequeños. El tema de la Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado es: “Aun uno solo de estos niños.” (Mc 9:37). El Papa nos recuerda que millones de niños y adolescentes son obligados a dejar su tierra por la guerra, la pobreza y la violencia. Y menciona también el dolor de los niños separados de sus padres por la deportación.

Nos dice algo muy claro: esto no es cuestión de cifras ni de estadísticas. El Evangelio no hace cálculos. Aun uno solo. Cada niño tiene una dignidad infinita, porque es imagen de Dios. Y Jesús lo dijo con toda claridad: “El que recibe a uno de estos niños en mi nombre, a mí me recibe” (Mc 9,37). Cuando abrazamos al niño que tiene miedo, abrazamos a Cristo. Cuando lo ignoramos, ignoramos a Cristo.

El Papa también nos recuerda que, aun en medio de tanta oscuridad, no falta la luz de la solidaridad. Hay familias, voluntarios, maestros y comunidades de fe que no voltean la cara. Esa luz no es nuestra. Es la luz de Cristo que pasa a través de nosotros. Él dijo: “Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no camina en tinieblas” (Jn 8,12).

¿Qué nos pide esto hoy, concretamente? A quienes viven con miedo: no están solos. Nuestras parroquias son su casa.

Cristo camina con ustedes, como caminó con Job, como caminó con la Sagrada Familia cuando tuvo que huir a Egipto.

A toda la comunidad: el Papa nos dice que no podemos dejarle esta tarea sólo a las instituciones. Nos toca a todos. Llamen al vecino. Pregunten por la familia que dejó de venir. Acompañen a los niños del catecismo que llegan callados y asustados. Que ningún niño de esta comunidad se sienta invisible.

A todos: recen. Recen por las familias separadas, por los niños, por quienes toman decisiones que afectan tantas vidas. Y recen para que nuestro corazón no se acostumbre al sufrimiento.

Vocaciones

Y quiero decirles una última cosa, especialmente a nuestras familias hispanas. Los setenta y dos discípulos que hoy regresan llenos de alegría fueron enviados por Jesús con estas palabras: “La cosecha es mucha y los trabajadores pocos” (Lc 10,2). Hoy la Iglesia sigue necesitando trabajadores para esa cosecha.

Sus hogares son un semillero. Ahí donde la abuela enseña a rezar el Rosario, donde se prende una veladora a la Virgen de Guadalupe, donde se bendice a los hijos antes de salir de casa – ahí Dios siembra vocaciones. De familias como las de ustedes nacen sacerdotes, religiosas y religiosos, consagrados, y también matrimonios santos que serán la Iglesia doméstica del mañana.

No tengan miedo de que sus hijos escuchen el llamado de Dios. Aun en medio de la incertidumbre, o precisamente en medio de ella, esos niños que hoy llegan asustados pueden ser mañana los sacerdotes, las religiosas y los padres y madres de familia que sostengan la fe de este país.

La fe que ustedes cargaron en el camino no es un peso: es una semilla. Siémbrenla en sus hijos. Dios hará que dé fruto.

Oración final – Oremus:

Encomendemos a todos los niños migrantes y a sus familias a María y a San José, que conocieron el exilio con el Niño Jesús en brazos. Que ellos nos enseñen a acoger, que hagan de nuestros hogares un semillero de vocaciones, y que Cristo, nuestra luz, brille sobre nosotros en estos tiempos inciertos. Amén.

APERTURA – OPENING REMARKS

Buenos días, Es una alegría ver a tantas familias reunidas hoy. Gracias por venir y por sacar este tiempo para orar, celebrar nuestra fe y, sencillamente, ser comunidad. Nos necesitamos unos a otros. Cuando nos reunimos en oración y permanecemos unidos, nos fortalecemos mutuamente y recordamos que no caminamos solos en este camino de fe. Gracias por estar aquí. Disfrutemos este día juntos, como una sola familia en Cristo. Oremos…

PALABRAS DE CLAUSURA/ CLOSING REMARKS

Queridos hermanos y hermanas: Gracias por reunirse hoy como una comunidad de fe. Este día nos recuerda que nos necesitamos unos a otros. Nuestras familias se fortalecen cuando oramos juntos, nos apoyamos mutuamente y permanecemos unidos en Cristo. Llevemos este espíritu de comunidad a nuestros hogares y parroquias, continuando nuestro caminar juntos y cuidándonos unos a otros. Que Dios los bendiga a ustedes, a sus familias y a toda nuestra Arquidiócesis.

Archbishop William E. Lori

Archbishop William E. Lori was installed as the 16th Archbishop of Baltimore May 16, 2012.

Prior to his appointment to Baltimore, Archbishop Lori served as Bishop of the Diocese of Bridgeport, Conn., from 2001 to 2012 and as Auxiliary Bishop of the Archdiocese of Washington from 1995 to 2001.

A native of Louisville, Ky., Archbishop Lori holds a bachelor's degree from the Seminary of St. Pius X in Erlanger, Ky., a master's degree from Mount St. Mary's Seminary in Emmitsburg and a doctorate in sacred theology from The Catholic University of America. He was ordained to the priesthood for the Archdiocese of Washington in 1977.

In addition to his responsibilities in the Archdiocese of Baltimore, Archbishop Lori serves as Supreme Chaplain of the Knights of Columbus and is the former chairman of the U.S. Conference of Catholic Bishops' Ad Hoc Committee for Religious Liberty.

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