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Prefacio

El año pasado fue diferente a cualquier otro en memoria reciente; 2020 fue un año desorientador y desalentador. Pero como cristianos, la urgencia y el gozo de nuestra misión permanece inalterada. Por eso, sentí la necesidad de “actualizar” mi primera carta pastoral, Una Luz Brillante y Resplandeciente. En esta carta espero compartir con ustedes esa fortaleza que es nuestra en Cristo Jesús y el Espíritu Santo. Al mismo tiempo, espero reformular una visión compartida de la creación de comunidades parroquiales que sean centros de evangelización de barrios y vecindarios, donde se proclame, enseñe, y celebre a Cristo, y donde se forme y envíe discípulos misioneros.

Sitúo estas reflexiones en la manera en que la luz de Cristo arde intensamente en cada uno de nosotros y en nuestras familias, y en cómo podemos nutrir y compartir esta luz desde nuestro estado particular de vida y nuestra vocación. A partir de ahí, reflexiono sobre cómo la luz de Cristo brilla en y a través de la vida de nuestras parroquias, y de la Arquidiócesis como tal, y reviso seis prioridades pastorales fundamentales para la renovación de la vida parroquial. Luego, explico las lecciones que hemos aprendido a través del proceso de planificación pastoral en curso. A continuación, me concentro en las nuevas necesidades que han surgido. Concluyo con algunos desafíos persistentes para la Iglesia en el mundo y nuestra necesidad de volver a dirigir nuestra mirada a la Eucaristía, y presento los preparativos para un Año de la Eucaristía en la Arquidiócesis de Baltimore. Tengo la esperanza de que estas reflexiones sirvan de guía mientras continuamos con nuestra labor más importante, la de hacer discípulos misioneros y renovar el espíritu del Evangelio en esta Iglesia local.

Antes de comenzar, sin embargo, deseo ofrecer unas palabras de agradecimiento a mis colaboradores de la Arquidiócesis, un equipo que extiende el alcance de mi ministerio y apoya a los párrocos en esta importante labor.

La Sra. Daphne Daly y su oficina trabajan con amorosa perseverancia para avanzar en el proceso de planificación pastoral en curso. De manera similar, estoy agradecido con la Dra. Ximena DeBroeck, Directora interina de Evangelización, y su departamento, el cual está lanzando una serie de talleres sobre el Directorio para la Catequesis recientemente publicado por el Papa Francisco, con el fin de profundizar y renovar nuestros esfuerzos de formación en toda la Arquidiócesis. El Sr. Bill Baird, exdirector financiero de la Arquidiócesis, y más recientemente parte de un proyecto emprendido por la organización Dynamic Catholic conocido como “Dynamic Parish”, ha completado un extenso proceso de consultas que dará como resultado la formación de un equipo de evangelización más ágil. Siguiendo las recomendaciones del Sr. Baird, estoy creando un Instituto para la Evangelización y le he pedido al Sr. Edward Herrera, quien anteriormente ejerció el cargo de Director de la Oficina de Matrimonio y Vida Familiar, que se desempeñe como Director Ejecutivo inaugural del Instituto. Ofreceré más reflexiones sobre este Instituto más adelante en esta carta.

Si queremos evangelizar con integridad, entonces todos nosotros, como comunidad de fe, debemos dedicarnos a la eliminación del racismo. Con ese imperativo en mente, reuní un Grupo de Trabajo de Justicia Racial, dirigido de manera muy competente por la Sra. Sherita Thomas, Directora interina de la Oficina del Ministerio Católico Negro. Con mi aprobación, dos consultores—dos caballeros católicos a quienes conozco desde hace años y cuya fe e integridad son del más alto nivel—comenzaron a ayudar al Grupo de Trabajo de Justicia Racial.

También quiero agradecer al Obispo Bruce Lewandowski, C.Ss.R., nuestro Obispo Auxiliar recientemente ordenado y mi Vicario para los Católicos Hispanos, junto con la Sra. Lía Salinas, Directora de la Oficina para Católicos Hispanos. El compromiso de ambos con la comunidad hispana ha sido nada menos que inspirador, especialmente durante esta pandemia, que ha afectado de manera desproporcionada a la comunidad hispana.

Estoy agradecido por el trabajo incansable del Sr. James Sellinger, Canciller de Educación Católica, y la Superintendente Dra. Donna Hargens, para fortalecer nuestras escuelas católicas. La Dra. Hargens habla a menudo de la misión de las escuelas católicas de proporcionar “una educación centrada en Cristo”, y no podría estar más de acuerdo.

El apoyo a la misión a menudo pasa desapercibido, pero es integral para la prosperidad de los pastorados. Aquí, quiero aplaudir el importante trabajo de los controladores regionales, que nuestro Director Financiero, el Sr. John Matera, ha puesto en marcha, así como el trabajo diligente de la Sra. Ashley Conley, Directora de Finanzas Parroquiales y Escolares. Este grupo de controladores regionales trabaja personalmente con los párrocos, administradores y consejos de finanzas parroquiales para ayudar a las parroquias a lidiar con cuestiones presupuestarias y de personal, así como con otros esfuerzos para controlar los costos sin recortar los servicios. A eso se suma el trabajo del Departamento de Desarrollo y un equipo de directores de desarrollo regional, dirigido por el Sr. Patrick Madden, que ayuda a las parroquias a mantener y aumentar, cada año, las contribuciones del ofertorio. En 2021, más de 100 parroquias participarán en un programa de mejora del ofertorio. Con la ayuda de Partners for Sacred Places, el Sr. Nolan McCoy y la Oficina de Instalaciones han estado trabajando con el Obispo Denis Madden, en el Vicariato Urbano, para estudiar algunas de nuestras instalaciones parroquiales, no solo tomando en cuenta los datos “duros” sino que haciéndolo de un modo que también sea sensible a la historia y las necesidades de los feligreses. De estas y otras formas, los Servicios Centrales de la Arquidiócesis, y las parroquias, trabajan juntos hacia la meta de sostenibilidad de cada uno de nuestros pastorados.

Permítanme también expresar mi más sincera gratitud al Obispo Adam Parker, quien trabaja incansable y eficazmente para coordinar la labor del personal del Centro Católico y por su presencia pastoral en muchas parroquias. También estoy agradecido al Obispo Madden por su servicio continuo y dedicado como Vicario Urbano; a Mons. Jay O’Connor, quien aporta abundante sabiduría y experiencia a su generoso servicio como Vicario Oriental; y al diácono Christopher Yeung, quien tan atenta y fielmente sirve como mi Delegado en el Vicariato Occidental.

Dicho todo esto, les estoy muy agradecido a cada uno de ustedes —clero, ministros laicos, administradores, y todos los fieles— por su lealtad al llamado de Cristo de ir y hacer discípulos.

Hace cinco años, después de extensas sesiones de escucha, emití una carta pastoral titulada Una Luz Visible y Resplandeciente (en adelante, LVR). Mi intención era inspirar y orientar nuestro proceso de planificación pastoral en marcha. A primera vista, puede haber parecido que la planificación parroquial era poco más que un proceso administrativo que conducía al cierre y consolidación de parroquias, en gran parte por razones financieras. No descarto nuestra necesidad de enfrentar realidades tan difíciles en la Arquidiócesis de Baltimore, pero tampoco quiero seguir un proceso meramente administrativo, uno que probablemente deje cicatrices pastorales duraderas. Más bien, al consultar con el clero y los laicos, conocí su deseo de un proceso que tenga sus raíces en el ímpetu misionero del Concilio Vaticano II, un llamado renovado a dar testimonio del Evangelio de Jesucristo, y a hacerlo con nuevo vigor, nuevos métodos y renovada santidad. Esto es lo que los sucesivos papas han llamado “la nueva evangelización”.

Los fundamentos de LVR son irresistiblemente simples. Se evita el lenguaje complejo y, a veces, falto de sensibilidad de un tipo de planificación estratégica demasiado corporativa. Evita el brillo de cambios meramente externos que engendran entusiasmo por un tiempo, pero luego decepcionan y se desvanecen. Más bien, LVR está construida sobre la base de nuestra fe en Jesucristo. En el corazón de nuestra fe no hay una mera idea—por noble o inspirada que sea—sino un encuentro con Jesucristo, nuestro Salvador. Y con la palabra “encuentro”, no me refiero simplemente a un encuentro o una relación casuales, sino a un encuentro de mentes y corazones. Un encuentro con Cristo es ese momento en el que, en el poder del Espíritu Santo, realmente abrimos nuestro corazón a nuestro Salvador, comprendemos la profundidad y la belleza de su amor por nosotros, y nos encontramos transformados para siempre por Él. Cuando esto sucede, vemos las Escrituras y la enseñanza de la Iglesia, la liturgia, nuestra vida de oración y nuestra vida moral de una manera nueva. Lejos de ser una carga, estas cosas se vuelven hermosas y preciosas, y pasan de la periferia de nuestras vidas al centro. Porque cuando nos hemos enamorado de Cristo, nuestra vida adquiere un nuevo horizonte de esperanza que nos permite, incluso ahora, vivir de manera diferente y luchar con entusiasmo por la santidad, es decir, una participación cada vez más profunda en la gloria trina de Dios y en el amor que se entrega a sí mismo.

Permítanme detenerme un poco más en este punto. Hace unos años, Caridades Católicas de Baltimore tituló su informe anual “El Poder de Uno”, que se refiere a la capacidad de cada persona para hacer un mundo de bien. Este proceso de planificación pastoral depende del poder de uno: el poder de Dios para trabajar en, y a través de, cada uno de nosotros. De hecho, es posible que el término “discipulado misionero” nos parezca desconcertante y poco atractivo, hasta que comprendamos lo que el Señor, el Novio de nuestras almas, realmente nos ofrece. Él no solo nos ama genéricamente, sino que nos ama a cada uno de nosotros personalmente, con un amor misericordioso, omnipresente y persistente que busca hacer de cada uno de nosotros un reflejo único de su amor divino. De hecho, esto es lo que Jesucristo busca hacer, en medio del caos de nuestras vidas. El Señor está buscando crear en cada uno de nosotros, en el centro de nuestra existencia, “una luz visible y resplandeciente”, una luz que brille de manera distintiva, de adentro hacia afuera. Jesús no quiere otra cosa sino que seamos “la sal de la tierra” y “la luz del mundo” (Mt 5, 13-16). Dicho de otra manera, Jesús quiere crear en cada uno de nosotros un corazón puro (cf. Sal 51), para que la astucia de nuestro pecado no impida que su luz brille desde lo más profundo de nuestro corazón.

Aquí, una palabra sobre la transformación moral puede ser útil. Para muchas personas, la enseñanza moral de la Iglesia representa un obstáculo, no un camino hacia la fe. A veces, pensamos que el listón está demasiado alto, que vivir de acuerdo con las enseñanzas de la Iglesia en todas sus dimensiones es casi imposible. Esto es especialmente cierto cuando la enseñanza moral de la Iglesia se presenta únicamente como un deber que debemos llevar a cabo “con estoicismo” o, de lo contrario, se descuida o modifica para adaptarse a los tiempos. Por otra parte, el escándalo moral, especialmente por parte de los líderes de la Iglesia, desalienta a muchos de abrazar y vivir la fe, incluidas sus enseñanzas morales.

Sin embargo, una vida santa no es realmente obra nuestra. Más bien, es Cristo obrando en nosotros a través del Espíritu Santo, fortaleciéndonos en nuestra debilidad, ofreciéndonos el perdón, ayudándonos pacientemente a vencer los vicios y a abrazar, con amor, las virtudes. Para la mayoría de nosotros (incluido yo mismo), ésta es una labor ardua, pero se convierte en una labor de amor una vez que nos damos cuenta de que una vida moralmente recta es, en el fondo, una respuesta de amor al Dios que nos amó primero. El propósito de la moral cristiana es que nos convirtamos en reflejos irrepetibles del amor divino. Para ser claros, el amor es primordial. La virtud sin amor le da un mal nombre a la virtud misma. Pero cuando nuestra virtud está impregnada de amor, se vuelve atractiva, incluso luminosa.

A medida que la luz y el amor de Jesús alcanzan nuestras almas, entonces, difícilmente podemos evitar ser discípulos misioneros, seguidores de Jesús cuyas vidas se han convertido en una invitación amorosa para que otros encuentren a Cristo. Como dijo el santo John Henry Newman: “Haz que te predique sin predicar, no con palabras sino con mi ejemplo, y con la fuerza cautivadora, la influencia compasiva de lo que hago, la evidente plenitud del amor que mi corazón te lleva”.1

El punto que deseo resaltar es este. El Señor llama a cada miembro de la Arquidiócesis a la santidad y al discipulado misionero. Cada miembro de la Arquidiócesis tiene un papel que desempeñar en la revitalización de la vida y misión de la Iglesia. Este trabajo continuo, delineado en el proceso de planificación pastoral arquidiocesana, no pertenece solo a “los expertos”, ni solo al clero, y menos aún es una cuestión de aferrarse a edificios que han sobrevivido más allá del propósito que originalmente tuvieron. Más bien, el Señor nos llama a cada uno de nosotros a ser sus seguidores y a atraer a los demás a sí mismo, a su Evangelio y a la Iglesia mediante una vida de amor radiante. Por lo tanto, el primer lugar donde debe brillar la luz de Cristo es en nuestro corazón.

Un segundo lugar donde la luz de Cristo debe brillar es en nuestras familias. La familia ocupa un lugar central en el plan de amor de Dios para la humanidad. De hecho, el Señor invita a los matrimonios a amarse unos a otros de una manera que se asemeja al amor divino de las Personas de la Trinidad. El amor mutuo y fecundo del esposo y la esposa, el don de sí mismos, es la forma en que Dios quiso que los niños vinieran al mundo, fueran cuidados y nutridos, y crecieran hacia la madurez y santidad. No por casualidad la Escritura comienza con la historia de la primera pareja, Adán y Eva, y cierra con la gran fiesta de bodas del cielo. No por casualidad Jesús nació en una familia amorosa donde se preparó para cumplir la misión para la cual su Padre celestial lo había enviado.

En el plan de amor de Dios, las familias son el lugar donde se debe enseñar, modelar y transmitir la fe. Así como los padres deben velar por el bienestar físico y emocional de sus hijos, también deben ser especialmente diligentes en velar por su bienestar espiritual. Es en el hogar donde se prepara el escenario para que los jóvenes encuentren al Señor, desarrollen una relación de amor y amistad con él, escuchen la llamada a la santidad y descubran su verdadera vocación en la vida de la Iglesia. En la familia, los jóvenes desarrollan las virtudes de la fe, la esperanza y el amor, virtudes que ponen nuestra vida en una relación viva con Dios. El hogar es donde los jóvenes adquieren las virtudes morales fundamentales que conducen a la verdadera felicidad y los distinguen como discípulos del Señor.

Por supuesto, es muy fácil volverse idílico sobre la vida familiar cuando uno no experimenta sus tensiones diarias. En su exhortación apostólica Amoris Laetitia, el Papa Francisco nos recuerda que la Escritura presenta hermosos retratos de la vida familiar. Nuestro Santo Padre también nos recuerda que la Biblia no evita retratar el sufrimiento y la desolación que sufren las familias cuando son desgarradas por la guerra, el exilio y la injusticia.

No es necesario que les diga que hoy en día las familias están sometidas a un gran estrés y experimentan mucho dolor. Demasiadas familias en la Arquidiócesis de Baltimore enfrentan la tensión económica del desempleo o el empleo mínimo. El ritmo acelerado de la vida desgarra la estructura de la familia, dejando muy poco tiempo para que sus miembros formen relaciones de amor profundas y duraderas. Lamentablemente, nuestra cultura fomenta comportamientos pecaminosos y egocéntricos que son el polo opuesto del amor generoso. La fidelidad, el compromiso y la perseverancia parecen escasear en un mundo que cambia rápidamente, donde las relaciones temporales y transaccionales están de moda. Agregue a eso el estrés que el coronavirus ha impuesto a las familias que ahora se encuentran tratando de mantenerse bien, trabajar en el hogar, educar a sus hijos en casa, y hacer frente a estar juntos en lugares cerrados cada hora del día.

Además, debido a decisiones personales, circunstancias distintas, y una variedad de otros factores sociales, la estructura de la vida familiar varía. Por ejemplo, hay familias mixtas y familias monoparentales. Estas familias pueden ser lugares de fe, amor, estabilidad y seguridad. Muchos padres solteros se esfuerzan con heroísmo por criar a sus hijos en la fe. Sin embargo, como nos recuerda el Papa Francisco, no debemos nunca relajar nuestros esfuerzos para promover el matrimonio sacramental tal como lo enseñó Cristo y lo entiende la Iglesia. Con razón, el Papa nos insta a encontrar un lenguaje apropiado y emplear enfoques efectivos para ayudar a los jóvenes a abrirse al matrimonio sacramental y a una vida familiar estable, no como un ideal abstracto, sino concretamente, como una vocación que es alcanzable y que da vida.2

Sin embargo, a pesar de todos sus desafíos, la familia es el único camino a seguir para la raza humana y para la misión de la Iglesia. Cuando la luz de Cristo brilla intensamente en nuestras familias, ellas se convierten en una fuente de luz y amor para la Iglesia y la sociedad en general. Cuando la luz de Cristo brilla en el corazón de nuestras familias, ellas se convierten en iglesias domésticas donde Cristo está en el centro. Hace años, el padre Patrick Peyton, C.S.C., dijo la famosa frase: “La familia que ora unida permanece unida”. Sus palabras siguen siendo ciertas. Familias que se toman el tiempo para orar juntas, que crecen juntas en la fe y viven el Evangelio con alegría y generosidad, aunque no eviten las dificultades y el sufrimiento, a menudo en esos momentos su fe y amor resplandecen aún más.

Un tercer lugar donde la luz de Cristo debe brillar intensamente son nuestras parroquias. El Papa Francisco se refiere a la parroquia como “una familia de familias”, enseñándonos así que cuanto más fuertes y vibrantes sean nuestras familias católicas, más fuertes y vibrantes serán nuestras parroquias. Sin duda, las parroquias son “familias” en un sentido análogo; eso significa que los feligreses han de experimentar en nuestras comunidades parroquiales los rasgos de una familia de amor. El liderazgo pastoral basado en el amor puede y debe fomentar un sentido de pertenencia y participación entre los feligreses, permitiendo que los lazos de fe y caridad florezcan en una amplia gama de ministerios y servicio a los necesitados. Esta atmósfera familiar ayuda a crear unidad arraigada en el encuentro con Jesucristo, en la adoración reverente y en el compartir la fe. Ella ayuda a romper los temores y ansiedades de quienes desean volver a la práctica de la fe, crea un clima propicio para el diálogo y la comprensión, y estimula el espíritu misionero. Por el contrario, cuando una parroquia da una sensación “institucional”, puede ser fría y desagradable, lo que incita a los feligreses a buscar alimento espiritual en otra parte o, lamentablemente, a dirigirse hacia la salida, quizás para nunca regresar.

El liderazgo de los ministros ordenados

El liderazgo es crucial para formar comunidades parroquiales cálidas y vibrantes. Estoy profundamente agradecido a mis compañeros obispos, sacerdotes y diáconos que se han comprometido con la misión de evangelización en esta Arquidiócesis. Sin embargo, también soy consciente de que la misión que se nos ha confiado a veces parece abrumadora, fuera de nuestro alcance, especialmente en tiempos difíciles como estos. Es muy fácil desanimarse por las cargas administrativas, por los vientos económicos en contra, así como por las críticas mordaces y la aparente indiferencia de muchas personas hacia el mensaje del Evangelio que con tanta urgencia deseamos transmitir. En otras ocasiones, nos sentimos como si estuviéramos solos, sin el apoyo de nuestros compañeros del clero o de nuestro pueblo. Sin embargo, como fieles ordenados para proclamar el Evangelio, la luz de Cristo debe brillar intensamente en nosotros, y a través de nosotros, en las familias parroquiales a las que la Iglesia nos ha llamado a servir.

¿Cómo podemos asegurarnos de que las tinieblas de la debilidad y el desánimo no superen la luz de Cristo plantada en nuestros corazones por el Espíritu Santo en el Bautismo y la Confirmación, y renovada en nosotros a través del Sacramento del Orden Sagrado? La respuesta evangélica a esa pregunta nos pide preferir, frente a todo lo demás, lo único que es necesario (Lc 10:38-42), es decir, la oración sostenida diaria en la que escuchamos la voz del Señor. Como recordarán, cuando Jesús visitó la casa de Marta y María, Marta se ocupó de los detalles de la hospitalidad, mientras que María se sentó con Jesús y escuchó “las palabras de espíritu y de vida” que él pronunciaba (Jn 6:63). A menudo, aquellos de nosotros en el ministerio ordenado podemos parecernos más a Marta que a María. Podemos ocuparnos de los detalles del ministerio parroquial hasta que nos cansemos y nos desanimemos y nos encontremos “sin fuerzas”. La única manera de mantenernos jóvenes y vibrantes en el ministerio es la oración diaria en la Presencia del Santísimo Sacramento. Si queremos predicar de manera convincente, exhibir amor pastoral y experimentar apoyo y amistad, entonces debemos pasar una hora al día adorando al Señor Eucarístico, permitiendo que su corazón hable al nuestro, reparando nuestros pecados y permitiendo que Jesús profundice su amistad divina con nosotros. Cuando pasamos este tiempo de silencio, lejos de cualquier otra distracción, experimentamos más profundamente el amor sacerdotal de Cristo por nosotros. Cuanto más oramos, más cobran vida para nosotros las Escrituras y nuestra Tradición Católica, y más nos convertimos en testigos—no solo en maestros—de la fe. Solo si nuestra fe eucarística está viva podemos convencer a los católicos no practicantes de que regresen a la Santa Misa el domingo.

Una parte integral de la oración diaria de los ministros ordenados es la Liturgia de las Horas. Nos comprometimos a rezar el Oficio Divino en la ordenación, pero a veces esta oración diaria de la Iglesia queda relegada. Sin embargo, qué consuelo es cuando rezamos los Salmos con atención, permitiéndoles reflejar la verdad y el amor de Cristo, experimentándolos como una caja de resonancia para nuestros muchos estados de ánimo y preocupaciones. Qué consuelo es leer y estudiar las Escrituras continuamente y beneficiarse de la sabiduría de los grandes escritores espirituales de la Iglesia. Pocos recursos enriquecen más nuestro ministerio que la Liturgia de las Horas.

Así como “la Escritura es el alma de la teología”3, la Escritura también es el alma de la predicación, la evangelización y la catequesis. Si queremos dedicarnos a nuestro “trabajo de evangelizador” (2 Timoteo 4:5), entonces debemos sumergirnos en la Sagrada Escritura estudiando cuidadosamente los textos sobre los que predicamos, participando en la lectio divina y aprendiendo a escuchar la voz de Cristo en toda la Escritura. Nunca subestimemos el poder de la propia Palabra inspirada de Dios para mover y abrir mentes y corazones a las buenas nuevas de la salvación.4

Como peregrinos en el camino de la salvación, a veces resbalamos y caemos. Una dirección espiritual sólida y la recepción fructífera del Sacramento de la Reconciliación son cruciales. En estos momentos de gracia, el Espíritu Santo trabaja horas extra, por así decirlo, para “crear en nosotros un corazón limpio” (Sal 51), un corazón que refleje más perfectamente la luz y el amor de Cristo, que debe brillar en y a través de nosotros cuando predicamos la Palabra, celebramos los sacramentos y guiamos a nuestras comunidades parroquiales con amor. Para mucha de nuestra gente, el Sacramento de la Reconciliación es la puerta de entrada con la que regresan a la práctica de la fe. Nuestra propia dependencia de este Sacramento de la Misericordia nos permitirá hablar personalmente de sus beneficios en nuestra vida espiritual, y nos impulsará a ser tan generosos y misericordiosos como sea posible al administrarlo.

De manera similar, los grupos de oración juegan un papel importante en apoyarnos en el ministerio. Pienso en los muchos grupos de Jesu Caritas en la Arquidiócesis y en otras reuniones de oración menos formales. La encíclica del Santo Padre, Fratelli Tutti, subrayó la solidaridad, la fraternidad que es nuestra en Cristo Jesús, como seres humanos, como discípulos y, de hecho, como diáconos, sacerdotes y obispos. Necesitamos ayudarnos unos a otros a crecer en santidad y en el coraje y la fuerza necesarios para nuestra misión.

Indispensable en nuestra vida es la devoción a la Santísima Virgen María. Ella nos acompaña cada vez que oramos, porque busca dar a luz a Cristo en nosotros. Ella, “que escuchó la palabra de Dios y la guardó” (Lc 11:28), ora para que nosotros también escuchemos y acatemos la Palabra que debemos predicar. Así como desde la Cruz Jesús confió su Madre María a Juan, el Discípulo Amado, así también Jesús nos confía a María como nuestra Madre espiritual. Que ella, que presenció el derramamiento del Espíritu Santo en Pentecostés, ore por un nuevo derramamiento del Espíritu sobre nosotros y nuestros colaboradores.

A medida que nuestra vida de oración crece rápidamente, algunas cosas que antes estaban veladas se vuelven claras. Una de ellas es nuestra tendencia—tuya y mía—de pensar demasiado y complicar excesivamente la evangelización. Quizás derramamos demasiada tinta al describir qué es y cómo debe hacerse. Como resultado, la evangelización puede parecer algo tan grande que llegamos a la conclusión equivocada de que está fuera de nuestro alcance, o que es mejor dejarla en manos del clero más joven, o ponerla únicamente en manos de los ministros laicos. Sin embargo, a medida que crecemos en la amistad con Jesús y abrimos nuestro corazón al Espíritu Santo, podemos discernir un llamado a usar nuestro tiempo y energía de manera diferente, dedicando menos tiempo a las reuniones internas y los detalles de la administración, mientras dedicamos más tiempo al trato personal con los feligreses.5 Esto incluye a quienes participan regularmente y a los que vienen solo periódicamente, así como a los que parecen haberse ido para siempre.

Por ejemplo, durante esta pandemia, algunas parroquias establecieron “árboles telefónicos” con el objetivo de contactar a cada feligrés personalmente. En la mayoría de los casos, fue un proyecto conjunto del párroco, el personal y los voluntarios laicos. El contenido de esas conversaciones era simple: “¿Cómo estás? ¿Qué podemos hacer para ayudar? ¿Algo que te gustaría compartir?” Cuando era niño, el párroco o sacerdote asociado visitaba las casas de los feligreses todos los años. Esas visitas duraban quizás media hora, pero me causaron una profunda impresión. Más de una vez, los sacerdotes me preguntaron si yo también quería ser sacerdote. Mamá y papá se sintieron apoyados en su responsabilidad de cuidar a mi hermano mayor con necesidades especiales. Ellos solían hablar de lo bendecidos que eran por tener sacerdotes que los conocían personalmente y se preocupaban por ellos.

En algún momento la práctica de visitar los hogares de los feligreses parece haber entrado en desuso, tal vez porque es difícil encontrar gente en casa o porque hay menos sacerdotes que antes. Sin embargo, ¿no sería maravilloso si, cada año, todos los feligreses, activos o inactivos, recibieran una llamada personal o quizás una invitación a una reunión por Zoom? De hecho, cuanto más nos mantenemos en contacto con los feligreses, y nos comunicamos con ellos personalmente, es más probable que permanezcan o se vuelvan activos en la vida y misión de la parroquia. Es cierto que, al hacer contactos personales, algunos pueden llenarnos el oído de quejas y comentarios, o rechazar nuestros esfuerzos. Por eso necesitamos una vida sana de oración y por eso necesitamos apoyarnos unos a otros.

El liderazgo de los laicos

Una de las principales responsabilidades de un pastor es formar un equipo cohesionado de colaboradores motivados por la misión. Estoy muy agradecido con ustedes, hombres y mujeres dedicados, miembros del laicado y aquellos en vida consagrada, que sirven en el personal parroquial como evangelizadores, catequistas, educadores, ministros de caridad y justicia, y mucho más. Ya sea que su equipo parroquial sea grande o pequeño, pagado o voluntario, ustedes juegan un papel fundamental en el cumplimiento de la misión parroquial. Esta realidad fue especialmente evidente durante los últimos diez meses, cuando muchos de ustedes desarrollaron oportunidades de ministerio virtual, y rápidamente aprendieron nuevas habilidades para transmitir misas en vivo para feligreses bajo órdenes de quedarse en casa.

Como saben, un sello distintivo de la renovación parroquial es un equipo de líderes saludable y funcional. Bajo la dirección del párroco, estos equipos colaboran en el trabajo interminable de ayudar a crear comunidades parroquiales vibrantes en la fe, la adoración y el servicio. En tales equipos, la colaboración debe ser el lema. No hay lugar para “silos” o competencias exclusivas. En lugar de un “equipo de rivales”