INTRODUCCIÓN Un momento de gracia y responsabilidad

Introducción – Un momento de gracia y responsabilidad

Al acercarse nuestra nación al 250º aniversario de la firma de la Declaración de Independencia, nos encontramos invitados a un momento de profunda reflexión y renovación. Los aniversarios no son meramente ocasiones para la nostalgia o la celebración. El recuerdo auténtico siempre nos orienta hacia la renovación, nos llama a considerar no solo quiénes hemos sido y quiénes estamos llegando a ser, sino, por la gracia de Dios, quiénes estamos llamados a ser.

Este aniversario puede ser un momento de gracia si se abraza también como un momento de responsabilidad. Pues aunque con razón nos enorgullecemos de los logros de nuestra nación y la vitalidad de nuestra fe católica, no podemos ignorar las fracturas, heridas y crisis que marcan tanto nuestra vida nacional y, tristemente, incluso a veces nuestra vida eclesial. La tarea ante nosotros no es romantizar el pasado sino ofrecer un testimonio esperanzador y creíble hoy.

En el corazón de este testimonio hay una verdad que la Iglesia nunca deja de proclamar. La persona humana encuentra su pleno significado y dignidad solo en Jesucristo. Como enseña el Concilio Vaticano Segundo, “Cristo…revela plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación.”1 Nuestras reflexiones sobre política, cultura, unidad y responsabilidad cívica deben, por tanto, comenzar—y terminar—con Cristo, quien revela tanto la dignidad de la persona humana como el camino hacia la auténtica libertad.

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1Concilio Vaticano II, Constitución Pastoral sobre la Iglesia en el Mundo Actual Gaudium
et Spes (7 de diciembre de 1965), 22.

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La atmósfera cultural que respiramos

La atmósfera cultural que respiramos

Al igual que la Iglesia misma, operamos en una atmósfera cultural que es algo así como el aire que respiramos. Rara vez es completamente fresco y vigorizante. Con demasiada frecuencia está contaminado, incluso tóxico. Tal es la atmósfera política en la que nos encontramos hoy. El discurso político se ha vuelto más virulento que de costumbre. La violencia política y las amenazas de tal violencia han estallado. Hay una profunda polarización. Se están afirmando ideologías extremas tanto de izquierda como de derecha, ideologías que revelan no solo división política, sino también polarización cultural e incluso religiosa.

Pocos entre nosotros permanecen intactos ante esto. La polarización de nuestra vida pública ha producido una epidemia de soledad y aislamiento, una dolorosa sensación de estar a la deriva, incomprendidos o ignorados. El Papa Francisco advirtió que una cultura de indiferencia y división erosiona lentamente el corazón humano.2 En su raíz, esta crisis refleja una comprensión
herida de la persona humana. Cuando olvidamos que cada ser humano es creado a imagen de Dios—cuerpo y alma unidos, destinados a la comunión—comenzamos a vernos unos a otros no como hermanos y hermanas, sino como obstáculos y amenazas. La vida política se convierte entonces en una contienda de poder en lugar de una búsqueda compartida del bien común.

Esta crisis no es distinta del mundo que Dante representa en La Divina Comedia, donde el peregrino comienza su viaje, desorientado y solo en un bosque oscuro, reflejando la fragmentación del espíritu humano. Mientras desciende al Infierno, es testigo de las trágicas consecuencias de comunidades desgarradas, de individuos separados unos de otros y del bien que da sentido a la vida. Sin embargo, el camino ascendente de Dante comienza solo cuando se aleja de este aislamiento asfixiante y abraza un camino ordenado hacia la verdad, la comunión y la renovación. Pero para hacer esto tiene que enfrentar las profundidades de la realidad de la fragmentación y el pecado. Para Dante, el camino hacia arriba era hacia abajo. Su viaje desde las profundidades habla con renovada urgencia a nuestro momento presente, recordándonos que el aire de nuestra cultura política puede volver a ser respirable solo si elegimos el camino de la unidad, la responsabilidad y el amor.

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2 Papa Francisco, Homilía en Casa Santa Marta, 8 enero de 2019.

Un momento para la renovación, no para la nostalgia

Un momento para la renovación, no para la nostalgia

Los aniversarios pueden fácilmente tentarnos a una memoria selectiva—recordando lo que fue noble mientras olvidamos lo que fue doloroso o defectuoso. Pero la Iglesia nos recuerda que la celebración auténtica surge no de la negación sino del valor de enfrentar tanto nuestras fortalezas como nuestros fracasos.

Nuestra nación ha sido, desde su fundación, una tierra de posibilidades. Sin embargo, también ha sido una tierra de profundas contradicciones. La Declaración de Independencia proclamó que todos son creados iguales, dotados de ciertos derechos inalienables. Y sin embargo, como sabemos, muchos fueron excluidos de esos mismos derechos durante generaciones.

De manera similar, la Iglesia que amamos ha sido radiante de santidad y a menudo desfigurada por el pecado. Amar a la propia patria y a la propia Iglesia no es ignorar sus faltas, sino comprometerse con su renovación—siempre a la luz del Evangelio.

Santo Tomás Moro, estadista y mártir, lo expresó mejor cuando declaró: “Muero siendo buen servidor del Rey, pero de Dios primero”. Su patriotismo lleno de fe es uno que haríamos bien en imitar—un patriotismo que ama a la nación lo suficiente como para decir la verdad y ayudarla a convertirse en su
mejor versión.

Sacerdotes de la Arquidiócesis de Baltimore participan en una marcha en favor de la justicia en la vivienda,
Sacerdotes de la Arquidiócesis de Baltimore participan en una marcha en favor de la justicia en la vivienda, noviembre de 1965 (archivo CR)

El Llamado a la Sinodalidad Escuchar, discernir y caminar juntos

Una de las gracias que el Espíritu Santo está ofreciendo a la Iglesia en nuestros tiempos es el llamado a la sinodalidad. Aunque este término surge de la vida eclesial, su espíritu ofrece sabiduría también para nuestra vida cívica. La sinodalidad es, en su esencia, un compromiso de escuchar con humildad, hablar con honestidad y discernir con el Espíritu Santo, todo mientras caminamos juntos, no separados.

Este llamado a la sinodalidad tiene un significado particular para los obispos de los Estados Unidos, a quienes se les confía enseñar, santificar y gobernar en comunión unos con otros, con el Sucesor de Pedro y el Pueblo de Dios. La unidad entre los obispos no es incidental; es en sí misma un testimonio
pastoral y evangélico. Cuando los obispos permanecen unidos—a pesar de diferencias de énfasis, temperamento o juicio prudencial—modelan para los fieles y para la nación cómo puede verse la comunión en medio de la diversidad.

Tal unidad no significa uniformidad, ni elimina el desacuerdo. Más bien, refleja una verdad más profunda. Nuestra comunión en Cristo precede a nuestras diferencias. Como pastores formados por el mismo Evangelio, celebrando la misma Eucaristía y compartiendo la responsabilidad por el mismo pueblo de Dios, la unidad de los obispos sirve como signo de que la verdad y la caridad no necesitan oponerse.

Un espíritu sinodal ofrece una especie de sabiduría para la vida cívica: nos recuerda que ninguna meta política vale el costo de un pueblo fracturado, y ningún desacuerdo justifica olvidar nuestra humanidad compartida. Por supuesto, esta perspectiva debe aplicarse cuidadosamente, reconociendo que las dinámicas, la autoridad y la misión de la Iglesia difieren fundamentalmente de las de una república secular.

¿Cómo se vería la sinodalidad en la política?

  • Una renovada disposición a escuchar, especialmente a aquellos con
    quienes no estamos de acuerdo.
  • Una negativa a demonizar, reconociendo la dignidad de cada persona.
  • Un compromiso con el discernimiento, rechazando la seducción de respuestas fáciles o de la rigidez ideológica.
  • Un viaje compartido, resistiendo la fragmentación que deja a tantos atrás.

El Papa Benedicto XVI dijo una vez que “La santidad no consiste en no haber errado o pecado nunca. La santidad aumenta la capacidad de conversión, de arrepentimiento, de disposición para volver a empezar y, especialmente, de reconciliación y perdón”.3—una forma de decir que la verdadera santidad nos da estabilidad incluso mientras nos transforma. Una cultura política sinodal poseería algo de esta misma estabilidad: capaz de sostener la diferencia sin romperse, capaz de hablar la verdad sin rencor.

La sinodalidad en la política no disuelve el desacuerdo. Lo espera, porque personas diversas inevitablemente verán el mundo desde diferentes ángulos. Lo que busca no es una unidad forzada, sino una manera de abordar las diferencias que honra la dignidad, practica la paciencia y busca el bien común. Rechaza la idea de que la verdad se encuentra en confrontaciones a gritos o que la justicia se sirve humillando a los oponentes. Y aunque valora la cohesión social, también reconoce que la solidaridad genuina a veces requiere señalar claramente las injusticias, incluso cuando hacerlo crea tensión. El objetivo no es la unidad a cualquier precio, sino una vida política donde la claridad moral y la dignidad humana guíen cómo navegamos nuestros conflictos.

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3 Papa Benedicto XVI, Audiencia General, 31 de enero de 2007.

El Cardenal Lawrence Shehan se dirige a los participantes en una manifestación contra la guerra
El Cardenal Lawrence Shehan se dirige a los participantes en una manifestación contra la guerra (década de 1960). (Foto de archivo)

La sinodalidad nos invita a caminar juntos. Nos llama a resistir las tentaciones del aislamiento, la desconfianza y la pureza ideológica. Nos recuerda que la renovación de nuestra cultura política no vendrá de un solo movimiento, un partido o un líder, sino de un renovado sentido de solidaridad entre el pueblo mismo. El cambio que necesitamos probablemente no vendrá desde arriba, sino de entre nosotros.

Un Nuevo Tipo de Política – Arraigada en la verdad de la persona humana

Nuestro mundo necesita desesperadamente un nuevo tipo de política—una que comience no con el poder, sino con la verdad de la persona humana revelada en Jesucristo. Cristo, en Su Encarnación, afirma la bondad del cuerpo humano y el significado de la historia humana. En Su Pasión, revela el costo del amor y la profundidad del sufrimiento humano. En Su Resurrección, revela el destino de la humanidad: no la aniquilación o la dominación, sino la vida eterna en comunión con Dios.

Tal visión no es ingenua; es realista en el sentido más cristiano de la palabra. Reconoce que las sociedades florecen solo cuando las personas colocan los compromisos morales y espirituales por encima de la búsqueda del poder. En Fratelli tutti, el Papa Francisco llamó a la “nueva política” que nuestro mundo necesita—una moldeada por la caridad social y política, animada por un amor genuino por el pueblo y capaz de dar fruto a través de una acción concreta y efectiva. Lejos de ser un idealismo desligado de la realidad, esta visión insiste en que la vida política fundamentada en el amor al prójimo y el compromiso con el bien común no solo es posible, sino necesaria para una renovación
auténtica y duradera.

Este nuevo tipo de política nos llama a:

  • Resistir la idolatría de la ideología.
  • Honrar la dignidad inherente de cada vida humana desde la concepción hasta la muerte natural.
  • Proteger a los vulnerables y a los marginados.
  • Participar en el diálogo en lugar de la acusación.
  • Colocar el bien común por encima de la lealtad partidista

Esto no significa que siempre estaremos de acuerdo. Significa que el desacuerdo se convierte en un lugar de encuentro, no de enemistad.

Unidad – Un Principio Fundamental de la Ciudadanía Cristiana

Entre las primeras palabras del pontificado del Papa León XIV estuvo un llamado a la unidad—unidad en la Iglesia y unidad entre los pueblos de la tierra. La unidad no es una estrategia; está fundamentada en Cristo, quien oró para que Sus discípulos fueran uno. La unidad no es uniformidad. Es armonía en la diversidad. Es el reconocimiento de que nos pertenecemos unos a otros, incluso cuando vemos el mundo de manera diferente.

La unidad requiere responsabilidad. Nos llama a estar unidos primero en la fe y el servicio, fortaleciendo así la comunión de la Iglesia, mientras trabajamos simultáneamente por el bien de las comunidades y la nación en las que vivimos. Este doble compromiso con la fe y el país no significa cerrar los ojos a los defectos de nuestra patria o pretender que nuestra vida cívica está libre de tensión moral. Desde el principio, los católicos en este país han luchado con cómo vivir fielmente en una cultura que no siempre comparte o apoya el Evangelio. Esa lucha continúa hoy, especialmente en un tiempo en que muchos se sienten políticamente sin hogar e inseguros de dónde encaja su fe dentro del panorama actual.

Parte de nuestro desafío pastoral es que muchos de nuestra gente instintivamente se identifican como estadounidenses, o como demócratas o republicanos, antes de identificarse como católicos. Cuando eso sucede, el Evangelio es fácilmente eclipsado por el partidismo ]—o incluso por una ideología rígida que exige más lealtad que la Palabra de Dios—y así nuestro testimonio se fractura. Señalar esto honestamente no es una condena sino una invitación: una invitación a permitir que nuestra fe forme nuestra identidad cívica en lugar de lo contrario.

La experiencia católica en los Estados Unidos siempre ha incluido tanto gratitud como tensión—gratitud por las libertades que disfrutamos, y tensión cuando esas libertades se usan de maneras que hieren la dignidad humana. Esta historia también nos llama a una vigilancia necesaria, asegurando que nuestras libertades fundamentales, especialmente nuestra libertad religiosa, nunca sean restringidas o comprometidas. Sin embargo, nuestra historia también muestra que estas tensiones pueden navegarse con integridad. Los católicos no necesitan abandonar su fe para participar en la vida pública, ni necesitan abandonar la vida pública para permanecer fieles. En cambio, nuestra fe ofrece la brújula que necesitamos para caminar este sendero con claridad y esperanza.

Ser católico en los Estados Unidos nunca ha significado lealtad acrítica, ni ha requerido retiro. Significa permitir que el Evangelio forme nuestra conciencia, guíe nuestras decisiones e inspire nuestro compromiso con el bien común. Cuando hacemos eso, contribuimos no solo a la unidad de la Iglesia sino también a la sanación y fortalecimiento de nuestra nación, ayudándola a convertirse en la mejor versión de sí misma, incluso cuando el camino es difícil.

Retrato oficial del Tercer Concilio Plenario de Baltimore
Retrato oficial del Tercer Concilio Plenario de Baltimore (1884)

Caridad, Unidad y Patriotismo: El testimonio del Beato Miguel McGivney

En este momento crucial en la vida de nuestra nación, somos bendecidos con un testimonio distintivamente estadounidense en el Beato Miguel McGivney, cuya vida encarna las virtudes que nuestro tiempo necesita tan desesperadamente.

Como sacerdote parroquial al servicio de familias inmigrantes, el Beato McGivney reconoció las heridas concretas de su pueblo: inseguridad económica, exclusión social y sospecha cultural. Su respuesta no fue ideológica, sino encarnacional. Fundó los Caballeros de Colón, que fomentan la caridad, la unidad, la fraternidad y un amor patriótico que busca el bien de la nación sin sacrificar la fidelidad a Cristo.

El Beato McGivney entendió que la caridad no es un sentimiento abstracto, sino amor hecho visible a través de la solidaridad y el sacrificio. Entendió que la fraternidad fluye del bautismo, no de la alineación política. Entendió que el patriotismo auténtico no es lealtad ciega, sino un compromiso de ayudar al país a estar a la altura de sus más altos ideales.

En el Beato McGivney, vemos una antropología cristológica vivida: un hombre que sabía que seguir a Cristo es servir a la persona entera—cuerpo y alma—y construir comunidades donde se protege la dignidad y se sostiene la esperanza. Su testimonio nos recuerda que el amor a la patria y el amor al prójimo no son rivales, sino compañeros, cuando están arraigados en el Evangelio.

Recuperar una cultura del encuentro

La polarización de nuestro tiempo ha llevado a una cultura de evasión. Nos retiramos a enclaves, ya sean políticos, digitales o ideológicos. Tristemente, esto se ve incluso dentro de nuestras familias. Pero el Evangelio nos llama a una cultura del encuentro—a salir al encuentro del otro, a escuchar para aprender y a amar. Encontrar a otro es reconocer en él un misterio que solo Dios comprende plenamente. Es reconocer que cada vida humana está ordenada hacia la comunión y la vida eterna, no hacia la exclusión o la eliminación.

Jesús mismo modeló esto. Encontró a la mujer samaritana, al centurión romano, a los recaudadores de impuestos, a los zelotes y a los leprosos. No requirió una alineación perfecta antes de entrar en relación. Vio ante Él a una persona amada por el Padre.

Para construir una mejor cultura política, debemos aprender una vez más cómo encontrarnos. Esto implica:

  • Salir de nuestras zonas de confort ideológicas.
  • Buscar conversaciones con aquellos en los márgenes o con aquellos con puntos de vista diferentes.
  • Sanar las heridas que nos dividen.
  • Comprometernos con el perdón.
Marcha Pro-Vida
Marcha Pro-Vida, 11 de marzo de 2024, en Annapolis
El papel de la virtud en la vida pública

El papel de la virtud en la vida pública

Una república saludable no descansa únicamente en la fortaleza de sus instituciones, sus tribunales o sus sistemas electorales. Descansa, sobre todo, en el carácter de su pueblo. Los Padres Fundadores mismos entendieron esto bien. John Adams escribió célebremente que la Constitución fue hecha “…solo para un pueblo moral y religioso. Es totalmente inadecuada para el gobierno de cualquier otro”.4

En nuestros tiempos, encontramos que muchas de las crisis que afectan nuestra cultura política—polarización, sospecha, hostilidad y la tentación de reducir a los oponentes a caricaturas—son en última instancia crisis del corazón humano. Surgen de hábitos de vicio: orgullo, ira, juicio temerario, miedo y avaricia. Una cultura política renovada no surgirá solo de cambios en las políticas. Requerirá el cultivo de la virtud, que comienza en los individuos y echa raíces en las familias. Desde allí, la virtud se irradia hacia la sociedad.

Por esta razón, la renovación de nuestra cultura política no puede comenzar en las legislaturas o tribunales; debe comenzar en los lugares donde el corazón humano se forma por primera vez. La familia es la escuela primaria de la virtud, donde la paciencia, la honestidad, la responsabilidad, el perdón y la preocupación por los demás se aprenden a través de la vida diaria. Junto a las familias están otras instituciones intermedias vitales—parroquias, escuelas, asociaciones vecinales, organizaciones benéficas y comunidades de fe—que ayudan a tender un puente entre el individuo y el Estado. Estas comunidades fomentan hábitos de confianza, solidaridad y amistad cívica, enseñándonos cómo vivir con la diferencia, resolver conflictos sin hostilidad y buscar el bien común en lugar de la ventaja privada. Cuando estas instituciones son fuertes, forman ciudadanos capaces de autogobierno y compromiso respetuoso; cuando se debilitan o ignoran, la sociedad se vuelve más vulnerable al aislamiento, la polarización y el exceso tanto de la ideología como del poder.

Las tradiciones clásica y cristiana identifican cuatro virtudes cardinales—prudencia, justicia, fortaleza y templanza—que forman el marco moral necesario para un compromiso político saludable. Estas virtudes no pertenecen solo a un partido o ideología. Son la gramática moral compartida que permite a las personas de buena voluntad trabajar juntas por el bien común.

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4 De John Adams a la Milicia de Massachusetts, 11 de octubre de 1798,” Founders Online,
Archivos Nacionales, https://founders.archives.gov/documents/Adams/99-02-02-3102.

 

Cientos de personas se reunieron en Lawyers’ Mall, frente a la Casa del Estado de Maryland en Annapolis
Cientos de personas se reunieron en Lawyers’ Mall, frente a la Casa del Estado de Maryland en Annapolis, el 4 de marzo de 2025, para apoyar la financiación del Programa de Becas BOOST (Broadening Options and Opportunities for Students Today).
PRUDENCIA Ver con claridad y elegir sabiamente

Prudencia – Ver con claridad y elegir sabiamente

La prudencia a menudo se malinterpreta como vacilación o cautela. En realidad, la prudencia es la virtud del discernimiento lúcido. Nos permite percibir la realidad con veracidad, juzgar correctamente lo que debe hacerse y actuar de una manera que promueva el bien genuino.

En la vida pública, la prudencia significa evaluar las políticas no por eslóganes o atractivo emocional, sino por su impacto real en la dignidad humana. Llama a los votantes, líderes y ciudadanos a preguntarse: ¿Qué sirve verdaderamente a los más vulnerables? ¿Qué promueve mejor la justicia? ¿Qué protege a la familia? ¿Qué avanza la paz? La prudencia también protege contra la absolutización de verdades parciales, que pueden hacer que las ideologías parezcan más convincentes que las exigencias del Evangelio. La prudencia nos ayuda a ver con claridad, a juzgar sabiamente y a actuar con firmeza.

JUSTICIA Respetar derechos y responsabilidades

Justicia – Respetar derechos y responsabilidades

La justicia es fundamental para la vida política. Es la virtud que nos mueve a honrar la dignidad de cada persona humana y a reconocer que cada persona tiene derechos que deben ser protegidos y responsabilidades que deben ser cumplidas.

Una sociedad justa salvaguarda la vida en cada etapa—los no nacidos, los ancianos, los enfermos, los discapacitados y los vulnerables—por ofrecer solo algunos ejemplos. Garantiza que se satisfagan las necesidades básicas, que el trabajo sea tratado con dignidad, que los marginados sean llevados al centro y que la ley se aplique de manera justa. La justicia también exige el reconocimiento de las formas en que los pecados históricos—como el racismo, la explotación y la exclusión—continúan hiriendo a las comunidades.

Los católicos contribuyen significativamente a la vida pública cuando insistimos en que la justicia nunca debe ser partidista. Está arraigada no en la ideología, sino en la verdad de quiénes somos como criaturas hechas a imagen de Dios. La justicia nos ayuda a dar a cada persona lo que se le debe.

FORTALEZA Valor para perseguir el bien

Fortaleza – Valor para perseguir el bien

La fortaleza nos fortalece para perseguir lo que es correcto a pesar del miedo, la intimidación o la dificultad. En nuestra era polarizada, la fortaleza es indispensable. Nos capacita a cada uno de nosotros para resistir la presión de conformarnos a la retórica divisiva, para soportar la crítica al defender la verdad y para abogar por los vulnerables incluso cuando es políticamente inconveniente.

San Juan Fisher es un modelo brillante de esta virtud. Su firmeza bajo presión—su disposición a estar solo por la integridad de la fe—nos recuerda que el valor no es ruidoso o incendiario. El valor es firme, paciente y arraigado en la verdad. La fortaleza en la vida política no se manifiesta como agresión o dominio, sino en un compromiso tranquilo e inquebrantable con el Evangelio y el bien común. La fortaleza nos ayuda a hacer lo correcto incluso cuando es difícil.

TEMPLANZA Ordenar nuestras pasiones por la paz

Templanza – Ordenando nuestras pasiones por la paz

La templanza modera nuestros impulsos y nos ayuda a resistir el atractivo del exceso. En la cultura política, la templanza es quizás la virtud más necesaria hoy. Nuestro discurso público a menudo prospera en la indignación, la inmediatez y la escalada emocional. La templanza nos invita a ir más despacio, a elegir las palabras cuidadosamente, a evitar los juicios temerarios y a disciplinar el deseo de “ganar” a costa de la relación, la verdad o el bien común.

La templanza también se aplica a cómo consumimos información. Nos anima a evitar ecosistemas mediáticos que inflaman la ira, distorsionan la realidad y fomentan el cinismo. Nos llama a buscar fuentes que informan en lugar de manipular, que elevan en lugar de degradar. La templanza nos ayuda a frenar los bienes inmediatos menores (reales o percibidos) para buscar bienes superiores duraderos.

La interdependencia de las virtudes

La interdependencia de las virtudes

Estas virtudes cardinales no están solas. Se apoyan y equilibran mutuamente. La prudencia sin justicia se convierte en manipulación. La justicia sin templanza se convierte en dureza. La fortaleza sin prudencia se convierte en imprudencia. La templanza sin fortaleza se convierte en evasión.

Los santos nos recuerdan que la virtud es un hábito formado con el tiempo. La virtud crece a través de la repetición, a través de la elección diaria del bien sobre lo fácil, de lo verdadero sobre lo conveniente. Esto se aplica no solo a los individuos sino a las sociedades. Una nación crece en virtud cuando su pueblo la practica consistentemente.

La virtud como fundamento de la amistad cívica

La virtud como fundamento de la amistad cívica

La virtud hace posible la amistad cívica—una forma de vivir y relacionarse que busca el bien del prójimo y de la sociedad. La amistad cívica no es sentimental. Es un compromiso fuerte y estable con la verdad de que nos pertenecemos unos a otros, que nuestros destinos están entrelazados y que el florecimiento de uno depende en parte del florecimiento de todos. Es un deseo profundo y genuino de buscar el bien de los demás y de la sociedad. Este es el antídoto contra la polarización.

La amistad cívica nos desafía a:

  • Ver a los oponentes políticos como hermanos y hermanas.
  • Construir puentes donde hay muros.
  • Fomentar la confianza en un tiempo de sospecha.
  • Cultivar la esperanza en medio del miedo.

Una sociedad marcada por la amistad cívica es más capaz de resistir los desacuerdos políticos, porque los ciudadanos no ven a los oponentes como enemigos sino como compañeros hijos de Dios. La virtud forma el suelo en el que la confianza puede crecer, y la confianza es esencial para que cualquier democracia florezca.

Venerable Madre Mary Lange
Venerable Madre Mary Lange, c. 1789–1882, fundadora de las Hermanas Oblatas de la Providencia. (Dominio público)
Santa Isabel Ana Seton
Santa Isabel Ana Seton, 1774–1821, fundadora del primer sistema de escuelas católicas en los Estados Unidos. (Dominio público)
La responsabilidad de los católicos en la formación de una vida pública virtuosa

La responsabilidad de los católicos en la formación de una vida pública virtuosa

Los católicos, basándonos en la riqueza de nuestra tradición intelectual y espiritual, tenemos un papel único que desempeñar en la renovación de la vida pública a través de la virtud. Podemos modelar la prudencia en cómo discernimos los asuntos públicos, la justicia en cómo abogamos por los vulnerables, la fortaleza al defender la dignidad humana y la templanza en nuestro tono y conducta.

Al practicar la virtud—individual y colectivamente—contribuimos a la sanación de nuestra nación. Nos convertimos en instrumentos de paz y puentes sobre la división. Demostramos que la vida política, cuando está arraigada en la virtud, puede de hecho convertirse en un camino hacia la santidad y una forma de servicio amoroso. Pero para hacer esto debemos estar firmemente arraigados en Cristo, en lugar de en el mundo.

El don y la responsabilidad de la ciudadanía católica

El don y la responsabilidad de la ciudadanía católica

Los católicos en los Estados Unidos heredan un rico legado. El experimento estadounidense de libertad fue moldeado, en parte, por mentes y corazones católicos—desde los católicos que llegaron en 1634 a la Isla de San Clemente, Maryland, los Carroll del siglo XVIII hasta los millones de inmigrantes que llegaron a nuestras costas.

Estas familias inmigrantes no solo buscaron oportunidades; trajeron consigo una fe viva, sosteniendo parroquias, construyendo escuelas y hospitales, y enriqueciendo la Iglesia con diversas tradiciones de oración, devoción y servicio. A menudo en medio de dificultades, exclusión y sacrificio, dieron testimonio de esperanza, perseverancia y confianza en Dios.

Sus contribuciones nos recuerdan que la inmigración no es solo una realidad
social sino un don espiritual—uno que ha renovado continuamente la Iglesia y fortalecido el tejido moral y cívico de nuestra nación.

Hoy, estamos llamados a llevar este legado adelante. La ciudadanía católica no se trata de alinear la Iglesia con un partido u otro. Se trata de dar testimonio del Evangelio en la plaza pública.

Una presencia política católica madura:

  • Defenderá la vida humana en todas sus etapas.
  • Abogará por los pobres y los vulnerables.
  • Insistirá en la justicia racial y social.
  • Promoverá la paz y rechazará la violencia.
  • Defenderá la libertad religiosa para todos.

Esta visión trasciende las líneas partidistas. No es ni conservadora ni progresista. Es católica.

El Cardenal Gibbons y el Presidente Teodoro Roosevelt (Dominio público)
El Cardenal Gibbons y el Presidente Teodoro Roosevelt (Dominio público)

La participación católica en la vida cívica – El testimonio de Santa Francisca Javier Cabrini

Entre los muchos héroes que moldearon este legado, Santa Francisca Javier Cabrini se destaca como un testimonio luminoso. Llegando a los Estados Unidos como inmigrante ella misma, encontró una nación que no siempre daba la bienvenida a su gente. Sin embargo, enfrentó estos desafíos con un corazón valiente y una fe que se negó a desanimarse. La Madre Cabrini construyó escuelas, hospitales y orfanatos no porque el camino fuera fácil, sino porque creía que cada persona humana—especialmente los pobres, los enfermos y el extranjero—merecía experimentar la ternura de Cristo. Su vida nos recuerda que los inmigrantes nunca han sido meramente receptores de caridad; han sido constructores, sanadores y santos que han renovado tanto la Iglesia como el país a través de su sacrificio y amor. En la Madre Cabrini, vemos cómo se ve la participación católica en la vida cívica en su mejor expresión: una vida arraigada en la oración, derramada en servicio y comprometida con el florecimiento de la nación sin nunca comprometer la fidelidad al Evangelio.

La crisis espiritual bajo la crisis política

La crisis espiritual bajo la crisis política

La crisis política de nuestro tiempo es, en su raíz, una crisis espiritual. Mientras que los síntomas aparecen en nuestro discurso, nuestras instituciones y nuestras comunidades, la fractura más profunda yace dentro del corazón humano. Vivimos en una era marcada por la distracción, el cinismo, el miedo y un sentido de aislamiento que corroe nuestra capacidad de comunión. Muchos ya no comparten un vocabulario moral común; muchos luchan por articular el significado y propósito de sus vidas. Estas heridas inevitablemente se manifiestan en la plaza pública.

San Agustín entendió esta dinámica con notable claridad. En La Ciudad de Dios, describe dos “ciudades”—no ubicaciones geográficas, sino orientaciones espirituales. La ciudad terrena, escribe, está construida sobre el amor propio “hasta el desprecio de Dios”.5 mientras que la Ciudad de Dios está construida sobre el amor de Dios “hasta el desprecio de sí mismo”.6 Estas dos orientaciones existen dentro de cada persona, dentro de cada comunidad y dentro de cada época. La política se desordena cuando la ciudad terrena domina—cuando la búsqueda del poder eclipsa la verdad moral, cuando el miedo anula la caridad, cuando los partidos y las ideologías se convierten en
ídolos.

Agustín no propuso el retiro de la vida pública. En cambio, llamó a los cristianos a comprometerse con la ciudad terrena con las virtudes y la esperanza de la Ciudad de Dios—anclados en la verdad eterna pero profundamente comprometidos con el bienestar de sus comunidades terrenales. Esta es la tarea espiritual que tenemos ante nosotros hoy. Nuestra atmósfera política se vuelve tóxica cuando las almas quedan desconectadas del amor que las fundamenta. Sanar la crisis política requiere, por tanto, atender la crisis espiritual que subyace: la crisis de esperanza, identidad y comunión.

La soledad y la fragmentación que afligen a nuestra nación no son meramente problemas sociales; son señales de hambre espiritual. Revelan un anhelo de pertenencia, significado y trascendencia que la política sola no puede satisfacer. Cuando este hambre no se satisface, las personas se aferran a las ideologías como sustitutos de la fe o tratan a los adversarios políticos como enemigos existenciales. La polarización que vemos no es solo intelectual—es emocional, espiritual y moral.

La misión de la Iglesia en tal momento no es reclamar autoridad política, sino revelar y proclamar un horizonte más profundo. Ella nos recuerda que la persona humana está hecha para la comunión; que la libertad está ordenada hacia la verdad; que la dignidad humana y los derechos no son conferidos por el Estado sino otorgados por Dios; y que ningún orden político, por noble que sea, puede ser nuestro hogar último. Como nos recuerda San Agustín, “Nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti”. La inquietud desatendida se desborda en la vida pública.

Para renovar nuestra política, debemos, por tanto, renovar nuestras almas. Esto comienza con la oración—abriendo nuestros corazones al Dios que sana y reordena nuestros deseos. Continúa en los sacramentos, donde la gracia nos fortalece para amar como Dios ama. Toma forma en obras de caridad y justicia, donde la fe se encarna. Y se sostiene en comunidades de fe donde la confianza, el perdón y la auténtica pertenencia se aprenden y se viven.

La reforma política sin renovación espiritual es una ciudad construida sobre arena. Pero un pueblo formado por el Evangelio puede transformar incluso tiempos difíciles con esperanza. Cuando los corazones se sanan, la política se convierte menos en un campo de batalla y más en un campo para la búsqueda del bien común. Cuando los ciudadanos están anclados en el amor de Dios, son menos vulnerables al miedo, la manipulación y la división. Cuando las comunidades redescubren su identidad espiritual, redescubren su capacidad para la amistad cívica.

Solo cuando la Ciudad de Dios está viva dentro de nosotros podemos contribuir fructíferamente a la ciudad terrena. Solo cuando nos fundamentamos en la oración, la virtud y el amor de Cristo podemos comenzar a sanar las heridas de nuestra nación.

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5San Agustín, La Ciudad de Dios, XIV.28, consultado el 19 de noviembre de 2025,
{Biblioteca Virtual Logos: Saint Augustine: City of God, XIV, 28}

6San Agustín, Ciudad de Dios, XIV.28.

Decimotercer Servicio de Oración y Caminata por la Paz en honor al Rev. Dr. Martin Luther King Jr. y Monseñor Edward Michael Miller
Decimotercer Servicio de Oración y Caminata por la Paz en honor al Rev. Dr. Martin Luther King Jr. y Monseñor Edward Michael Miller, celebrado el 19 de enero de 2026 en la Iglesia Católica de St. Bernardine, en el oeste de Baltimore.
Las Hermanas Oblatas de la Providencia participan en una Marcha por la Vivienda Justa
Las Hermanas Oblatas de la Providencia participan en una Marcha por la Vivienda Justa, 1965. (Foto de archivo)
UN CAMINO PARA SEGUIR Compromisos prácticos para una cultura política renovada

Un camino para seguir – Compromisos prácticos para una cultura política renovada

En este año del 250º aniversario, invito a todos los católicos—y a todas las personas de buena voluntad—a comprometerse con las siguientes prácticas:

  1. Renueva tu Oración por la Nación – Ora por quienes tienen autoridad. Ora por aquellos con quienes no estás de acuerdo. Ora por la paz.
  2. Practica el Diálogo Civil – Escucha antes de hablar. Busca comprender antes de responder. Presume buena voluntad.
  3. Rechaza el Odio y la Violencia – Niégate a participar en retórica o acciones que deshumanizan.
  4. Sirve al Bien Común – Ofrece tu tiempo como voluntario. Construye comunidad. Apoya a las familias. Trabaja por la justicia.
  5. Forma tu Conciencia – Estudia la doctrina social católica. Discierne tu consumo de medios. Desarrolla tu capacidad para la claridad moral.
  6. Encuentra a Quienes Difieren de Ti – Construye amistades que desafíen tus suposiciones.
  7. Fomenta la Esperanza – Habla de posibilidades, no solo de problemas. Recuerda a otros que Dios está obrando. Da testimonio de una manera diferente de vivir.
El 10 de noviembre de 2014 se celebró una misa de acción de gracias con motivo del 225º aniversario de la fundación de la Arquidiócesis de Baltimore. (EWTN Global Catholic Network. Utilizado con permiso)
El 10 de noviembre de 2014 se celebró una misa de acción de gracias con motivo del 225º aniversario de la fundación de la Arquidiócesis de Baltimore. (EWTN Global Catholic Network. Utilizado con permiso)
El Arzobispo William E. Lori y el Obispo Auxiliar Denis J. Madden encabezan una caminata de oración y paz por la ciudad de Baltimore en 2019.
El Arzobispo William E. Lori y el Obispo Auxiliar Denis J. Madden encabezan una caminata de oración y paz por la ciudad de Baltimore en 2019.

Conclusión – Convertirnos en instrumentos de Renovación

Al celebrar el 250º aniversario de la fundación de nuestra nación, nos encontramos en una encrucijada—una marcada por desafíos profundos, pero también por nuevas oportunidades de renovación. La celebración del nacimiento de nuestra nación no es meramente un hito cívico; es una invitación espiritual. Nos llama a reflexionar sobre el don de nuestro país, los sacrificios de quienes vinieron antes que nosotros y la responsabilidad que se nos confía para las generaciones aún por venir.

Esta carta comenzó reconociendo la fragilidad de nuestro momento presente—la toxicidad de nuestra atmósfera política, las profundas heridas de la división y la soledad que se ha asentado en muchos corazones. Pero también afirma la verdad de que los momentos de crisis pueden convertirse en momentos de renovación. La Iglesia siempre ha proclamado que la gracia se mueve más poderosamente no en tiempos de facilidad sino en tiempos de dificultad. Y así, confiamos en que Dios está obrando incluso ahora, llamándonos hacia un mejor camino.

En medio de la agitación política, la Iglesia no se retira de la vida pública, ni se alinea con ninguna identidad partidista. Permanece siendo lo que siempre ha sido: un sacramento de unidad, un faro de esperanza y una maestra de verdad. Su misión no es ganar elecciones, sino formar santos. No asegurar el poder, sino proclamar el Evangelio. No reflejar las divisiones de la sociedad, sino sanarlas.

Nuestra nación necesita católicos que encarnen esta misión—mujeres y hombres cuyas vidas den testimonio de la dignidad de cada persona humana, cuyo amor tienda puentes sobre las divisiones, cuyo valor resista el odio y cuya fe insista en que la desesperación no tiene la palabra final. El panorama cívico puede verse oscuro a veces, pero la Iglesia ha vivido tiempos más oscuros y ha emergido más fuerte, purificada y más fiel. Así también puede hacerlo nuestra nación.

Un llamado a la esperanza y al compromiso

Un llamado a la esperanza y al compromiso

Los santos y muchos otros a lo largo del tiempo no esperaron hasta que las circunstancias fueran perfectas antes de ofrecer sus vidas. Respondieron al llamado de Dios en medio de la agitación, la incertidumbre y la división. Nos recuerdan que la esperanza no es optimismo; es fidelidad. La esperanza es la convicción tranquila y firme de que Dios está obrando incluso cuando no podemos ver el camino por delante.

Como discípulos de Cristo y ciudadanos de esta gran nación, estamos llamados a esa misma esperanza. Estamos llamados a participar en la renovación de nuestra cultura política no por miedo, sino por amor—amor a Dios, amor al prójimo y amor al país que nos ha sido confiado. Estamos llamados a ser santos para nuestro tiempo.

Entonces, queridos hermanos y hermanas, caminemos adelante como un pueblo sinodal—escuchando, discerniendo y caminando juntos. Hablemos con caridad y discrepemos con respeto. Rechacemos la violencia en todas sus formas, cultivemos los hábitos de la virtud y anclémonos nuestras vidas en la oración.

Que los próximos 250 años de nuestra nación estén marcados por mayor justicia, solidaridad más profunda, confianza renovada y un profundo respeto por la dignidad de cada persona humana. Que la Iglesia—en la Sede Primada de Baltimore y en todos los Estados Unidos—sea levadura de unidad y testigo de esperanza en un mundo sediento de ambas.

Que Dios los bendiga y que Dios bendiga a los Estados Unidos de América.

El Cardenal Gibbons, de pie en los escalones de la Basílica de la Asunción
El Cardenal Gibbons, de pie en los escalones de la Basílica de la Asunción, en momentos en que Baltimore celebra el Armisticio que puso fin a la Primera Guerra Mundial. (Foto de archivo)

A menos que se indique lo contrario, las fotos son de Kevin J. Parks/Personal del Catholic Review; cortesía de Catholic Review Media

 

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