Archdiocese of Baltimore Logo

Stay Connected   Share   Print   

Our Lady of Guadalupe

St. John the Evangelist, Frederick

Scroll down for Spanish

Today’s readings, especially in the context of the celebration of the Feast of Our Lady of Guadalupe, invite us to reflect on three important points: to encounter, to recognize God’s presence, and to be missionaries. Luke’s gospel tells us of the encounter of the Virgin Mary with Elizabeth. In this encounter of these two women we can notice the great joy experienced by Elizabeth when she was visited by Mary, and the joy experienced even by the baby in Elizabeth’s womb; in fact, he “leaped for joy.” This encounter was transformative for Elizabeth because she was able to recognize God’s presence in Mary. In the reading from the Book of Revelation, John tells us of a different encounter, he tells us of a vision he had of “a woman clothed with the sun.” In his vision, as God’s temple in heaven is opened, he sees the ark of the covenant revealed. The ark of the covenant was very important because it contained God’s presence. It was devastating to the ancient Israelites when the ark disappeared during the time of the Babylonian exile.

Having the vision of the ark, followed by the vision of the woman clothed with the sun, John helps us to see this woman as the new ark; in other words, God’s presence is in this woman. The fathers of the Church explained that The woman of John’s vision is the Virgin Mary. The encounter in today’s gospel provided the opportunity for Elizabeth to be filled with the Holy Spirit and for her to become a missionary as she gave praise to God and announced God’s goodness. The encounter in the Book of Revelation continues with a description of the woman which reminds John and all of us of the promise in the Book of Genesis, that the offspring of the woman would triumph over the serpent; as the description of the vision concludes, John heard a voice that announces God’s triumph in heaven. Inspired by the Holy Spirit, John proclaims the fulfillment of God’s promises and so proclaims the good news of God’s love. The Feast that we celebrate today also reminds us of an encounter, of recognizing God’s presence, and of becoming missionary. You all know of the miracle of the Guadalupe, which happened in 1531, when a humble man, Juan Diego had a series of encounters with the Virgin Mary, who asked him to build a church on the site of the apparitions. Eventually when Bishop Zumárraga recognized the miraculous apparitions to Juan Diego, he authorized the building of a sanctuary. However the mission in which Juan Diego was invited to participate through the encounters with Mary was far more than simply the building of a sanctuary, it was an evangelizing mission. Thousands of people heard the Good News of the Gospel as a consequence of Juan Diego’s response to his encounter with the Virgin, and so it was that the evangelizing mission to the Americas had a profound significance. People from different regions, near and far, visited the Sanctuary in Guadalupe, also looking for an encounter. In the first eight years after Juan Diego’s encounter with the Virgin, almost nine million people sought the sacraments and converted to the Catholic faith as a result of having heard the Good News from a small group of Franciscan missionaries.

The Feast of Our Lady of Guadalupe invites us to reflect on the three points presented in the readings: to encounter, to recognize God’s presence, and to be missionary.

In the Apostolic Exhortation  Evangelii Gaudium, our dear Pope Francis invites us to a renewed personal encounter with Jesus Christ, or at least an openness to allowing Christ to encounter us (#3). Francis reminds us that, Every Christian is a missionary to the extent that he or she has encountered the love of God in Christ Jesus: we no longer say that we are “disciples” and “missionaries”, but rather that we are always “missionary disciples” (#120). And Mary is, “The missionary who draws near to us and accompanies us throughout life, opening our hearts to faith by her maternal love” (#286). May we allow Mary to accompany us on the journey, That with her maternal love, she pray for us, So that we renew our encounter with Christ, So that we recognize God’s presence in the encounter, and so that we become missionaries proclaiming, with words and actions, the Good News with joy. May God bless you and keep you always in his love.

Spanish
El evangelio de hoy y la primera lectura, especialmente en conexión con la celebración de Nuestra Señora de Guadalupe, nos invitan a reflexionar sobre tres puntos importantes: Encuentro, reconocer la presencia divina, y ser misionero. El evangelio según Lucas nos presenta el encuentro de la Virgen Maria con Isabel. En este encuentro de las dos mujeres podemos apreciar la alegría de Isabel al recibir la visita de Maria y la alegría que incluso el niño en el vientre de Isabel sintió, pues el “saltó de gozo.” Este encuentro fue transformativo para Isabel porque ella supo reconocer en Maria la presencia divina. En la lectura del libro del Apocalipsis, el apóstol Juan nos habla de un encuentro, de una visión que él tuvo de una mujer  envuelta por el sol. Primeramente él nos habla de cómo el templo de Dios en el cielo se abrió revelando el arca de la alianza. El arca de la alianza era importante puesto que en ella se encontraba la presencia divina. Lamentablemente el arca desapareció durante el tiempo del exilio a Babilonia. Al tener la visión del arca, seguida entonces por la aparición de la mujer envuelta por el sol, Juan nos ayuda a reconocer que esta mujer es la nueva arca, es decir, que es en ella donde se encuentra la presencia divina. Los padres de la Iglesia explicaban que la mujer de la visión de Juan es la Virgen Maria. El encuentro del Evangelio fue ocasión de que Isabel se llene del Espíritu y de que se convierta en misionera al proclamar y alabar al Señor. El encuentro de la lectura del Apocalipsis continua con una descripción de la mujer que recuerda a Juan y a nosotros de la promesa de Génesis, que la descendencia de la mujer triunfara sobre la serpiente; al concluir el relato de la visión, Juan escucha una voz que afirma el triunfo de Dios en los cielos. Juan inspirado por el Espíritu proclama el cumplimiento de las promesas de Dios y proclama la buena nueva del amor del Señor. La fiesta que celebramos hoy también resalta un encuentro, un reconocimiento de la presencia divina, y un fruto misionero. Ustedes ya conocen el Milagro de Guadalupe, que comenzó en el año mil-quinientos-treinta-y-uno (1531), cuando el humilde Juan Diego tuvo una serie de encuentros con la Virgen, quien le pido que construya una iglesia. Eventualmente cuando el Obispo Zumárraga reconoció  la visión milagrosa de Juan Diego, él autorizó la construcción de un santuario. La misión a la que Juan Diego fue invitado en sus encuentros con María era mucho más que solamente la construcción de un santuario, era una misión evangelizadora. Miles de personas escucharon la buena nueva del evangelio a consecuencia de la respuesta de Juan Diego al encuentro con la Virgen, y es así como la misión de evangelizar a las Américas tuvo un impacto profundo. Mucha gente de diferentes regiones, unas cercanas, otras más lejos visitaron el Santuario de Guadalupe, buscando también un encuentro. En los primeros ocho años después del encuentro de Juan Diego con la Virgen, cerca de nueve millones de personas pidieron recibir los sacramentos y se convirtieron a la fe católica, luego de haber oído la buena nueva por medio de un pequeño grupo de misioneros franciscanos.

La Fiesta de la Señora de Guadalupe nos invita a reflexionar en los tres puntos resaltados en las lecturas: encuentro, reconocer la presencia divina, y ser misionero. En la Exhortación Apostólica “La Alegría del Evangelio,” nuestro querido Papa Francisco nos invita a que renovemos nuestro encuentro con Cristo,  o que por lo menos estemos dispuestos a dejarnos encontrar por el (#3). Francisco nos recuerda que “Todo cristiano es misionero en la medida en que se ha encontrado con el amor de Dios en Cristo Jesús; ya no decimos que somos «discípulos» y «misioneros», sino que somos siempre «discípulos misioneros (#120), y, Maria es “la misionera que se acerca a nosotros para acompañarnos por la vida, abriendo los corazones a la fe con su cariño materno”(#286) Dejemos entonces que Maria nos acompañe en la jornada, que con su cariño materno, ella ore por nosotros, para que renovemos nuestro encuentro con Cristo, para que reconozcamos la presencia divina en el encuentro, y para que nos convirtamos en misioneros y proclamemos, en palabra y obra, la buena nueva con alegría. Que Dios los bendiga y los mantenga siempre en su amor.